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Sobre el origen de la Declaración Universal de los Derechos Humanos

Martes, 30 de Diciembre de 2008

En la conmemoración que en estos días –menos mal que no hubo olvido- se celebra de la Declaración Universal de Derechos Humanos adoptada por la ONU, quisiera yo llevar a cabo con el lector una cierta indagación de cómo se propició y cual fue el núcleo intelectual, ético y político en que puede resumirse la no corta relación de derechos, eso sí, un tanto exenta de sistematización por cuanto algunos se acumulan en un solo artículo y otros se dispersan si no repiten entre varios preceptos.

No se trata aquí, pues de glosar la numeración, manca en enunciación y en tratamiento jurídico mientras no se complete con los Pactos de 1968, con numerosos convenios y con la exposición de los organismos tales el Alto Comisionado, el Comité hoy Consejo, la Comisión III adscrita a la Asamblea y ¿cómo no? los Tribunales especiales sobre Ruanda y ex Yugoslavia y el generalista Tribunal Penal Internacional.

Razones de espacio y de evitación tan fáciles cuan falsas erudiciones impiden referirse aquí a todo ello. Si para dar con ese núcleo exprimiésemos tal como con los frutos se hace, el continente para obtener la savia, diría yo que la savia a obtener del articulado, galantemente se nos presenta en dos textos: el preámbulo y el artículo primero.

Aparece en ambos el vocablo DIGNIDAD, inexistente en anteriores Declaraciones de Derechos tales la de Virginia de 1776, o la Francesa de 1789.

Tampoco se alude a ella en las hasta entonces Constituciones comprensivas de ese tipo de Declaración.

¿Cómo y por quién se aportó ese concepto–referente que tanto juego ha dado después para la reflexión doctrinaria, y que -no obstante la no coactividad de los pronunciamientos de los órganos arriba indicados, veremos hasta qué punto la de los Tribunales también mencionados- ha de seguir dando?

Todos conocemos hasta que alto grado elaboró la Declaración el no sólo jurista, también humanista, René Cassin, después Premio Nobel de la Paz. Por supuesto,    muy apoyado por el  hungaro Malik la norteamericana Eleanor Roosevelt, el belga Dehousse, por el peruano Haya de la Torre, pero también por el entonces yugoslavo Radmilovic y hasta del también entonces soviético Borisov. De su amplias cultura y formación humanista es de sospechar –no está acreditado en los archivos- nace la repetida alusión.

¿Qué había leído Cassin? Por supuesto a Séneca cuando éste nos dice que “El hombre es cosa sagrada para el hombre”. Pero seguramente fue más atrás y más allá, y aprendió de Epicteto que “Quienes quieran ser libres se abstengan de desear lo que no dependa de ellos solos, sino serán esclavos”; y, reencontrado con el anterior en su epístola a Lucilio, interioriza una máxima de nuestro cordobés: “vive con tu inferior desde un modo que tu superior quisieras viviera contigo”.

(He aquí el germen de ambas facetas de la dignidad: capacidad para autorrealizar la vida,   reconocimiento del mismo derecho al otro).

Quizá Cassin diese un salto y, tras reconocer la aceptación, condicionada a la revelación religiosa por los escolásticos cristianos mediante la asunción por éstos –Juan Luís Vives, Pérez de Oliva- de la doctrina clásica a través de los musulmanes Avicena y Averroes, llegase al deslumbramiento ante la irrupción clamorosa de la dignidad del hombre por los renacentistas, sobre todo Marsilio de Padua y  Giovanni Pico della Mirándola.

De éste aprende los ideales que, fuera de dogmatismos impuestos, insuflan su pensamiento: derecho a la discrepancia, respeto a las diversidades y enriquecimiento vital a partir de la diferencia. Eso le lleva a proclamar un discurso “Sobre la dignidad del hombre”, a la propuesta de una asamblea de pensadores sobre el tema erróneamente prohibida por el Pontificado y, obediente al veto, formular por escrito esta desafiante invitación al congenere vecino: “tú definirás tus propios limitantes de acuerdo a tu libre albedrío”.

Que de ese hacerse a sí mismo, que de siglos después, fuese completada la libertad con la solidaridad para llegar a ser dignidad mediante el apotegma kantiano “trata al otro  como tú quisieres ser tratado porque ambos sois fines en vosotros mismos”; que de un contemporáneo y por cierto español Recasens Siches fuese informado que “el pensamiento de la dignidad consiste en reconocer que el hombre tiene fines propios”; que no del todo despreciase doctrinas indiscutibles del marxismo como la lucha contra la alienación; que si, de haber vivido muchos años después hubiese confirmado su doctrina en la exigencia de “no dominación” de Philippe Petit …, se daría cuenta nuestro Cassin que al introducir el vocablo en el Preámbulo y el art. 1, respondía a lo que la Declaración podía ofrecer a los humanos y a lo que nosotros, desde nuestra hoy ciudadanía local a la futura global, estamos obligados a respetar y a hacer que se respete.

Si según la famosa clasificación del Duverger distinguimos entre los derechos-resistencia y los derechos-participación, no muy lejana a la intuición francesa de 1789 cuando hablaba de los del hombre y del ciudadano, si los completamos con los sociales en parte introducidos por los Pactos del 68 y añadimos –con Peces-Barba y tantos otros- los de la “cuarta generación” (p. ej., a un medio ambiente saludable), concluiremos que no nos falta sino algo tan fácilmente enunciable como difícilmente aplicable: la judiciabilidad, es decir el necesario sometimiento a juicio público dotado de capacidad de coacción para sus veredictos. Porque, como he dicho yo en otras ocasiones, una Ley desprovista de coacción invita a que la coacción se convierta en Ley.

Si hay una coacción en estos tiempos que ataca desde todos los ángulos y contra todos los fundamentos de la dignidad humana.

Primero, el abismo existencial de hombres y mujeres en unos y otros confines de la tierra: no cansaré al lector con informes sobre el desarrollo humano (con grandes PNUD), índices de Gini, etc., basta un dato: en amplias regiones del mundo y por parte de muchos millones de personas las perspectivas de vida son poco más o menos la mitad de las de unos en otras. Que se diga a los que tienen como horizonte vital 30,40 años por estas tierras, que se ira mejorando, es un sarcasmo. ¡lo quiero para mi, esos, años de faltan no tengo a quien dárselos¡

Pero son muchos los otros crímenes que confluyen: la depredación financiera, los paraísos fiscales, los alquitarados “productos financieros” proveedores de inmensas riquezas a ciertos jugadores con ventaja para una crisis de alcance inconmensurable,  etc. etc.

Por no hablar de ese comercio basado en el crimen (armas prohibidas, tráfico de drogas,  personas, órganos, turismo sexual, mercenarismo, esclavismo  persistente sobre todo de niños y mujeres para comercio sexual, niños/soldados) que equivale al 13% del PIB mundial.

Todo ello constituye el agravio más patente y permanente contra la dignidad de la familia humana, ergo contra los Derechos Humanos que aquella gran declaración de hace 60 años quiso procurarnos a quienes merodeamos por éste que no quiere ser andurrial, que merece ser Tierra acogedora.

Carlos Bru
Carlos Bru
Presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo

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